La mañana siguiente

Parejas_mal_polvo

“Al despertar una mañana tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto” y no, no era un guayabo monumental, o bueno, en parte, pero no era un malestar físico, era un tema moral, era un tema de hombría, de ego y vanidad.

Se siente como un insecto porque su pareja, muy temprano en la noche, sin hablar mucho, se vistió con velocidad en medio de la frustración y la tristeza dejándolo solo, abandonado, triste y señalado.

No fue mucho lo que pudo hacer Gregorio, quien, en el arte de la conquista es un casanova pero, a la hora de probar con hechos sus palabras resulto ser una decepción.

A todos nos ha pasado al menos una vez, (espero así sea, si no, conviene un baño con ruda), que ponemos altas expectativas a una relación, así sea un encuentro casual por el maravilloso preámbulo que nos ofrece.

Sentimos atracción y deseo. No podemos negar la química hasta arriesgar al primer beso, la llave maestra para cualquier puerta, y no falla. Es un beso sostenido, concreto, bien logrado; con la distribución ideal de lengua y labios, poca saliva, apertura de boca ideal; manos a la cintura, abrazo, roce… Uno casi perfecto.

Se siente bien, debe tener buen sabor.

Las palabras llenan la atmósfera complementando las miradas y la piel cada vez quiere ser menos propia para convertirse en una ajena, para salir de la ropa, para perder la vergüenza y entregarse sin esperar mayor recompensa que caer en las manos de quien la sepa aprovechar.

Hay mucha gente, hay mucho ruido. Es inminente la partida al punto en el que un “tú y yo” se convierta en un “juntos”, en un “nosotros”.

Todo parece indicar que la noche será memorable, que los días van a cambiar de ahí en adelante y que la vida, por fin, será otra vez vida. Pero no.

A mi juicio entrar a tener relaciones sexuales es como ir a una obra de teatro, no porque se finja o necesite ensayar, sino porque se presenta en tres actos: el “antes”, el “durante” y el “después”.

El antes es un poco de lo que les decía: la atracción, la química, la primera caricia, el roce, el abrazo, el beso. Un buen “antes” lo podés definir mientras bailas, mientras la(o) ves caminar o en un saludo sincero. Es cuestión de sensibilidad.

Esa misma sensibilidad es la que te permitirá tener un “durante” memorable. Ir descubriendo su cuerpo, las respuestas de su piel a las caricias. Hay que escucharla, la piel te va diciendo que hacer, con que ritmo y velocidad. Ojo, es el gusto de dar gusto, no entrar como un salvaje a satisfacerse. Estás con otra persona que espera recibir lo mejor de vos, hay que darlo… Repetidamente.

Muchas veces el “durante” arruina todo. Un mal movimiento, una respuesta equivocada, un exceso de confianza o una falta de la misma. El surgir en el peor momento de los escrúpulos. Son detalles ínfimos, pero, para quienes somos sensibles, son un mundo. A veces es mejor detenerse, replantear, barajar de nuevo y proponer acciones. Los masajes, la ducha, la estimulación manual y oral, eso ayuda a recomponer el camino y, obviamente, a recuperar la cercanía, a romper alguna barrera mental y poder estar al 100 por ciento. Claro está que si después de eso no hay respuesta, pues es mejor dejar así y no forzar, se puede romper.

Superado el “durante” viene el “después”.

Este, creería yo, es más importante que los anteriores. Yo, muy personal y en mi estilo de pensarlo todo, primero considero el “después” que el antes. Sí, un poco de ego juega aquí pero es verdad.

¿Cómo lo definís? Cuando empezás a considerar la posibilidad de entregarte y recibir a alguien, es decir, estás en el “antes”, imagínate con esa persona a la mañana siguiente, ¿cómo será verle a los ojos?, ¿cómo será verle otro día en la oficina, la universidad o la vida?

Considerar qué querés para vos. Saber si es un tema de momento o un poco más. Si ya la conoces de un tiempo atrás, ¿cómo reaccionará esa persona?, se pondrá rara, mandona o cariñosa… ojo con las (los) tipo “atracción fatal”.

El “después” debe ser sincero, abierto y agradecido. Ya entregaste tu desnudez, ya no tenés mucho más que esconder.

El “después” te define un nuevo antes que, en el caso de Gregorio no ocurrirá.

Falló, rotundamente, porque exageró el “antes”, sembró expectativas que no pudo cumplir, prometió aquello que no estuvo dispuesto a dar y, por si fuera poco, le ganó la emoción. Todo mal.

Falló, porque en el “durante” nunca logró conexión con su pareja, no interpretó sus señales, no se dio al 100% y solo buscó recibir cuando sabemos que el sexo se trata es de dar, dar y dar. Detalles, detalles.

Probablemente antes no se sintió como un “insecto” porque nadie se lo hizo saber tan pronto, nadie le mostró su mediocridad sexual ni le dijo en su cara lo mal polvo que resultó. No lo hicieron porque, fácil, no esperaban mucho de él. Dio con parejas que lo analizaron bien, que lo sintieron mejor de lo que él las sintió y sabía que sería un tema de minutos, no de eternidad.

¿Cómo saber que tuviste un buen “después”? Sencillo, porque no tenés tiempo para pensar en una despedida, no, porque ya estás en otro “durante”.

Insectos hay por todos lados, niños y niñas, por eso es clave desear y acariciar alguien pensando siempre en la mañana siguiente y no en la noche por venir así sea por una sola vez, pero que quede por siempre en la memoria, no en la estadística médica.

No hay buen “después” para un “durante” flojo y ningún “antes” te garantiza un buen “después”. Es cuestión de mezclar sensibilidad, sinceridad, pasión y entrega con claridad y de ahí en adelante tener amaneceres repetidos.

Germán Salcedo Cajiao

@germanchos

*Foto: 800Noticias.com

Originalmente publicada en ConlaOrejaRoja.com en septiembre 23 de 2015

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