Yo también tuve 20 años… dos veces

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Alguna vez, por allá en 1993 cuando estaba terminando el colegio, me cuestioné acerca del comportamiento errático de mis tías en las reuniones familiares, no porque fuera desmedido, gracias a Dios no, sino porque al final de las mismas siempre su alegría, antes desbordante, terminaba en un rímel corrido y el mensaje de “al menos tengo a mis sobrinos”.

La vida se encargó, ellas son buena gente, de darles una buena compañía, alguien con quien disfrutar la vida y alejar esas preocupaciones propias de la vanidad, la soltería, el ego y por supuesto la edad.

El 21 de marzo de 1975 en una sala de la Clínica San Fernando de Cali, el doctor Gerardo Perdomo le pidió a su enfermera jefe la señora Gloria Jaramillo que le pasara las tijeras para cortar el cordón umbilical que me unía a mi agotada madre, era un viernes en la tarde, aunque aún chico lo recuerdo bien.

Y contás la historia como si hubiese sido ayer, y claramente no lo es, de esa tarde de viernes a la de hoy han pasado la medio pendejada de 40 años,  seis meses y algunos días. En otros términos, han pasado 10 mundiales de fútbol y no sé cuántos presidentes de la república.

Llegué a los cuarenta con el cuerpo intacto. Toleré los abusos del deporte y la vida nocturna sin las redes sociales, es decir, salí y tengo recuerdos no sólo fotos con filtros. Tengo canas en la barba y el pecho así como grasa en el abdomen, como debe ser.

Conozco gente, regularmente no pregunto su edad pero sé con quién me debo meter y con quien no cuando en vez de preguntarme por su signo zodiacal o posición sexual favorita me cuestiono acerca de si tendrá o no tareas que hacer para “la U”, ¿me entienden?

Para mi hija adolescente soy un “cucho”; para mi mamá su cuarentón. Para las señoras de 45 soy un “pollo”; para las de 25 soy “experiencia”… nunca pensé en estar de adolescente otra vez.

Y así es. Constantemente escuchás que “empezás a vivir a los 40” y seguro es así, no solo porque tenés muy claro el concepto “acción-reacción” sino que además tenés la formación mental, la inteligencia emocional y los recursos económicos para superarlos, por eso un “usted no sabe quién soy yo” no saldrá de un cuarentón, a lo mucho un “respete a su mayores, no joda”.

Cuarenta años. Mi agente de seguros me recuerda que debo renovar las pólizas porque el riesgo aumento mientras mi médico se frota las manos con el examen que viene. Todo sea por la ciencia.

Con la edad vas aprendiendo cosas invaluables y no solo la teoría de ellas sino su aplicación. Entendés que no vale la pena vivir de promesas si podes dejar en los demás recuerdos; sabes que una sonrisa cuesta más que sacrificarse haciendo un ridículo y que vale más la mirada cómplice de la mañana siguiente que la vista alcahueta de la noche anterior.

Sabés que una relación dura de acuerdo a las voluntades y te entregás sin medida porque, en el fondo, no hay nada que perder.

El sexo mejora porque es más sensorial, es más sensual, es más de tuyo y mío en vez de llenar una estadística para un record que nadie avalara en realidad.

Con la edad podes decir, respetuosamente, lo que opinás sin temor a un debate emocional. Podés ser mucho más frentero sin que te traten de insolente y mucho más frío sin que te juzguen por ello. Se empieza a sentir bien esto de cuarentón, ¿no?

Con cuatro décadas encima perdés niveles de tolerancia. Poco toleras los ataques adolescentes, los reclamos sin justificación, la torpeza evitable,  la mala vibra y la lactosa, por supuesto.

Los gustos musicales no cambian, se refinan y el placer de ir a una pista de baile aumenta, porque, aceptémoslo, lo último de lo que sufre una tía cuarentona, (o yo) es de pánico escénico.

 La lectura regresa, te alejas de lo digital para volver a lo que conociste bien: el papel.

Hago cartas todavía, si, de puño y letra como debe ser. Disfruto mientras imagino a quien la lee devorándolas con gusto y algo de sorpresa.

Las pasiones se regulan porque entendés que muy poco vale el que te entregués desenfrenadamente, ya lo hiciste antes mil veces, ya sabés lo que se siente. Administrar pasión, otra ventaja del cuarentón.

He vivido bien. Hice y hago deporte sólo que ahora cuido las rodillas y me recomiendan dormir al menos cinco horas por noche antes de ir a la cancha.

Disfrute de los días sin celular ni grupos de WhatsApp. Supe lo que era hacer una cita en el cine esperando, en un acto de fe, que la citada apareciera con su mota Alf y sus botas Reebok. Tiempos aquellos.

Las noches se fueron entre miniTKs y Lunadas. Fiestas de garaje, nada ostentoso, no había Facebook en donde publicarlas, para bien o mal.

Viví, si,  conquistando a las peladas por lo que era, no por lo que quería o pretendía ser. La realidad no tiene filtros ni Photoshop.

Y en este camino puedo decir que tengo grandes amigos, amistades de 25 y más años. Un logro, un orgullo, un placer.

En 1975 empezó mi vida y aunque no la pedí directamente hoy la agradezco por lo que soy, por donde nací, por quienes me criaron y sobretodo, por quienes me rodean.

Lástima que en el proceso de mi crecimiento se acabó el planeta, se perdieron los valores, creció el irrespeto y varias generaciones han ido perdiendo eso tan valioso como lo son la constancia, la objetividad y el criterio.

Ahora entiendo un poco más a mis tías, ya no tengo 20 ni el tiempo o las ganas para corregirlos, así que disfruto de ellos, en mi aparente soledad.

Germán Salcedo C.

@Germanchos

*Foto: gratisography.com

Originalmente publicada en ConLaOrejaRoja.com el 21 de marzo de 2015

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