Hasta cúando

¿No tiene más sencillo?

Taxis en línea

Es un viernes como cualquier otro, es quincena  y la triste antesala a lo que viene: el domingo. Son las 7 AM y después del ritual de cada mañana me preparo para ir a la oficina.

La calle, desde mi ventana,  luce congestionada, los buses y busetas pasan a reventar. Es un poco tarde ya, debo tomar un taxi.

Marco el número telefónico acostumbrado en donde una voz dulce pero veloz me explica, con una pena que parece sincera:  “no hay móviles en el sector”.

Con otros dos operadores es la misma historia. Figuró salir a la calle. Almas del purgatorio, no me lleven.

Estiro la mano al primero que pasa, no se detiene. Me mira y con un gesto parco, frío y muy hipócrita,  me notifica, señalando su aparato de radio, que va “reservado” y que no puede parar. Recordé a la niña de la operadora, la imagené diciendo: le dije que no había móviles en el sector.

El segundo intento falla nuevamente. No se detuvo. Simplemente me vio y siguió de largo, pude sentir su sonrisa. Normalmente esto ocurre en las noches, me sorprende, y no de la mejor manera, que también suceda de día. Pero así somos, unos amantes del trabajo y el servicio, ¿no?

El que le siguió lo tomó una pareja que se adelantó en la calle. Alcance a la levantar mi mano, no para felicitarlos, sino para despedirlos…levante muy pocos dedos, es verdad.

Ahora si, estiro el brazo nuevamente.  Se detiene, abre la ventana y pregunta “¿para dónde va?”  Le contesto, no es lejos y sin embargo el señor cambia su expresión facial, hace como si estuviera estreñido y a punto de reventar, me dice: “no mano, ya voy a entregar y eso es muy lejos, además tengo que recoger un reservado al otro lado”… al fin que, ¿vas a entregar o a recoger? Se marcha dejándome un sinsabor y un mar de preocupaciones, pobre hombre, es un bipolar de servicio publico.

Estoy pensando seriamente en subirme en la próxima buseta que pase, si es que pasa con cupo o buscar un lugar apretado, cálido y gentil en el Transmilenio… pero la hora no me da, debo correr.

Resignado estiro la mano una vez más. Se detiene, antes de subirme al taxi le aclaro al conductor hacia donde voy, me contesta: “claro, caballero, siga”… y me subo. Respiro tranquilo ya rumbo a mi oficina con 15 minutos de retrazo.

Bajo la ventanilla y el señor conductor me pide que la suba, “es que me esta dando como gripa”, dice. Es entendible y accedo mientras el olor a ambientador recién aplicado cala en mis fosas nasales como acido en un pedazo de metal oxidado.

La música elegida por el chofer es guasca y carrilera (al menos no es reggaeton). Pido que me ponga noticias, me mira por el retrovisor y me dice: “que pena caballero, el aparato no funciona y voy con CD”  ¿podés bajarle al volumen? Pregunté, claro, me contestó. El podía bajarle, ahora que “quiera” bajarle es otra cosa, al final lo hizo.

El trancón se mueve lentamente, me propone una ruta nueva llena de atajos. Acepto, a este punto he decidido vivir una aventura, sale de la vía principal y entre chillidos de llantas y frenazos constantes avanza cruzando las calles  esquivando ciclistas y peatones… servicio completo, pensé, me lleva a mi destino y me mata los parásitos. El combo.

Llegamos. Casi a tiempo a pesar de la demora en conseguir transporte.  Desparasitado, oliendo ambientador (por no decir que trabado), tarareando a las Hermanitas Calle, agitado y con ganas de una valeriana, pero llegue.

¿Cuánto es? Pregunté, el taxista contesta: “lo que marque el taxímetro, como 125 unidades que son, venga a ver… (Mientras hace un cálculo mental innecesario pues la tabla de unidades es clara respecto al valor a pagar. Yo miro el reloj) son, $ 7400”.

Saco un billete de $20.000  y se lo paso. Atónito, mira el billete haciendo una mueca como la de alguien que se encuentra cara a cara con un jaguar hambriento en plena selva, toma aire y exclama: “Uyyyy, ¿no tiene más sencillo?  Es que acabé de salir y voy sin nadita de suelto”…

Ay Dios mio!