Celebrar

El de los guayos blancos.

Guayos blancos

Hace siete semanas, más o menos, jugué mi último partido de fútbol. Lo hicimos, como es costumbre, con un grupo de amigos. La cita el domingo a las 10 de la mañana.

Luego de repartir los equipos, según talento y afinidad, iniciamos el partido.

El resultado, por si alguien lleva la estadística de mis juegos, ganamos 4 a 3. Fue un partido amistoso arduamente disputado en una cancha que no ofrecía garantías, sin público (que me acuerde) pero con un acceso rápido para la ambulancia que fue a recogerme, gracias a Dios.

La ambulancia llego tras la fractura de mis costillas, o como dijo la doctora, la “reja costal izquierda sin compromiso pulmonar”.Los huesos se rompieron de un golpe seco jugando de portero tras un rechazo con los puños a un centro por derecha y el remate del delantero, pleno de rodilla, en mi tórax.

El dolor es el peor que he sentido en mi vida no solo por la contracción muscular y las terminaciones nerviosas sino porque, deliberadamente, el destino me envió a casa, sin poder volver a la cancha por largo tiempo.

Una vez rotas las costillas el periodo de recuperación varía de cuatro a seis semanas, depende del grado de la fractura, de la disciplina durante la recuperación y, en mi caso, de la edad, ahora debo tomar más leche que antes, por aquello del calcio.

Los días pasaron y con ellos el dolor, ayudado de analgésicos, antiinflamatorios, reposo y hielo.

Las seis semanas corrieron tan rápido como lo harán los encargados de los estadios sin terminar para el mundial,  y mientras esto sucedía el mundo futbolístico seguía su curso, el equipo de la oficina fue inscrito en un torneo y dentro de la plantilla esta mi nombre. Bien.

El primer partido, uno de preparación amistoso (que espero esta vez si lo sea), será el fin de semana, el sábado para ser exactos.

Apenas es martes y la ansiedad en todos los miembros del equipo se puede sentir. Hablamos de eso en los pasillos, durante la pausa del café, al almuerzo, un comentario suelto en el corredor y uno al final del día. Pareciera que los informes que nuestros clientes esperan carecieran de valor y que solo importa el compromiso adquirido para el torneo.

El animo esta intacto, claro, aun no saltamos a la cancha y es allí en donde por un gol, a favor o en contra, todo puede cambiar y lo hará, pero eso es otra historia.

Revisando el calendario me doy cuenta que las seis semanas que me dio la doctora de incapacidad deportiva se cumplen justo antes del partido. Maravilloso pues así puedo regresar a las canchas. Conversé con mi medico y ella, no sin antes advertirme de los riesgos de la actividad, me dio luz verde para vestir de cortos nuevamente, eso si, “bajo mi responsabilidad”.

Llegue a casa buscando todo lo necesario para el encuentro, hace dos meses que deje todo archivado.  Maleta, camiseta, pantaloneta, canilleras, medias, la faja protectora de las costillas (más por hacerle caso, como siempre a mi mamá que porque me haga falta), linimento y las botellas con agua. Todo en orden, ¿y los guayos? Desde el partido pasado no los veo.

¡A gran hijueputa!, cierto que los guayos los boté porque se rompieron, si las costillas y los guayos en un combo macabro. La realidad es que tengo la reja costal frágil y no tengo guayos.

Es un aprieto. La oferta de guayos es variada en marcas y estilos, pero, ¿necesito los súper guayos? No creo, es decir, estoy volviendo de una lesión, en el equipo hay 20 inscritos, los partidos son cada ocho días. La inversión debe, como lo hizo, pasar por una fuerte revisión, de presupuesto y realidad deportiva.

La decisión esta tomada, no serán los súper guayos de última generación en cuero de camello belfo de color azul nebulosa sino serán unos guayos promedio, de cuero de vaca o su similar sintético y de color negro, sin neón, sin firmas, sin tecnólogias estrafalarias ni diseños de otra galaxia.

La semana se va terminando, del ansioso martes solo queda el recuerdo, no tengo muchos días antes del sábado, del partido.

Recierdo que los busqué en centros comerciales, en almacenes de deportes; salí incluso a preguntar por unos prestados, alquilados o de segunda. No tuve suerte.

Seguramente no recorrí todos los lugares que debí recorrer, pero ya es tarde. El partido es en menos de 4 horas y aún no tengo el equipo completo.

Última esperanza: Un pequeño local de un no tan famoso centro comercial, cerca al sitio del encuentro del equipo para irnos a la cancha. No me queda de otra, o salgo con guayos o me jodo.

Fue mi última opción. La vendedora, acuciosa y formal, inicio mostrándome los guayos de última tecnología de no menos de 400 mil pesos… no, dije, quiero, me acuerdo perfectamente, “unos guayos buenos, más baratos como para ponérmelos en la banca mientras veo el partido” La vendedora sonrió.

De los del “chulito” pasamos a las tres rayas y de ahí a los felinos para terminar en los de los rombos. Muy bonitos y sin duda de gran desempeño, pero mi padre siempre me dijo (justificando la compra de unos Fastrack cuando todos mis amigos tenían “de marca”) que “los que juegan son las piernas, no los guayos”. Sabiduría infinita.

“Tengo unos en oferta”, dijo, pero no son negros. Pues nada, le dije, déjame verlos.

Fue al fondo del diminuto local, se agachó con prudencia y se levantó con un par resplandeciente de guayos blancos. Blancos como el queso cuajada, blancos como la nieve del Himalaya, blancos como eran mis dientes antes de tomar café, blancos como los de bailarín de salsa en Juanchito. ¡Blancos!

Mi mente se nubló, o mejor, se blanqueó.

El precio es conveniente, el modelo es interesante, me gusta, la marca es lo de menos pero, ¿blancos?  Tengo casi 34 años, soy rodillón, estos guayos no van con mi derecho a envejecer dignamente. ¿Qué hacer?

Tome aire, le hice buscar a fondo en la bodega, no, no hay negros dijo. Estaba dispuesto a jugar con una talla menos, con una talla más. Pero no había, no hubo negros. Blancos, solo blancos y blancos…eso logró encontrar.

No hay de otra, blancos serán. Pagué y salí de la tienda corriendo al punto de encuentro, el tiempo estaba en mi contra.

Camino al partido, rodeado de los muchachos,  pensé en ensuciarlos un poco, es que eso de llegar con guayos nuevos ya es medio complicado ahora imagínatelos blancos. No alcancé ni a sacarlos de la bolsa.

Llegamos a la cancha, un amistoso potrero de la sabana de Bogotá. Nos cambiamos, cada uno metido en su cuento cuando, claro, de repente las carcajadas empezaron a retumbar en el aire.

Los guayos, mis guayos, brillaban. Mis compañeros de equipo pedían el betún Griffin para darles una manita más de blanco. “esos guayos no son blancos, son Blancox” decían mostrando toda su originalidad.

“Parecen guayos de enfermera”, pensé. No importa, me los amarré sin complejo y, debido a que el equipo entero no apareció, salte a la cancha de titular. El regreso a la actividad enfundado en los zapatos de la cenicienta. Apenas.

El resultado, por si alguien lleva las estadísticas de mis juegos no fue favorable: perdimos. Pero jugué un buen partido, los guayos blancos ya no lucen tan blancos y esperan ansiosos la siguiente cita con el césped.  No tengo ampollas ni dolores. Pasaron la prueba, se metieron en mi corazón.

Ahh, y mis costillas?  bien gracias.

Escrito en marzo de 2009.