hasta cuándo

El síndrome de Transmilenio

Transmilenio_Bogota

Los sistemas de transporte masivo han ahorrado tiempo a sus usuarios y les ha permitido a otros llegar a conocer, a veces más íntimamente de lo deseado, al prójimo. En sus inicios el sistema no era popular y su cobertura era reducida como lo fue el metro en Medellín o el MIO en Cali. Lentamente la gente entendió la gran herramienta, a las buenas o las malas, que es. El precio: perder el espacio vital y sufrir “el síndrome de Transmilenio o SDT.

El SDT llegó para quedarse y es, amigos míos (y conocidos, tampoco para confianzas) incurable.

Este síndrome consiste en la capacidad involuntaria que tienen las personas en las ciudades en las que hay transporte masivo de este tipo para ceder su espacio vital sin importar el lugar en el que se encuentren o el evento al que asistan.

Los codos con los codos, pechito con pechito, cachete con cachete, mejor dicho, tocar y ser tocado. El SDT no es otra cosa que comportarse como cachorritos recién nacidos y hacer todo amontonados sin importar el espacio disponible. Es el afán de contacto humano, de mucho contacto humano.

Por ejemplo, a pesar de la llegada de la tecnología y de todas las posibilidades que esta ofrece para evitar ciertos tramites nos empeñamos en ir hacerlos “en vivo y en directo” a la sucursal bancaria. Es el placer del contacto humano, un gusto a veces excesivo.

Llegar a la oficina y encontrar que hay fila, lo cual es habitual. Una persona normal guardaría al menos 45 centímetros de distancia con la otra persona. Una victima de SDT prefiere prácticamente recostarse en la espalda de quien esté adelante esperando, con agrado,  que aquel que viene detrás en la cola haga lo mismo. Se arruman, fácilmente, 30 o 40 personas en 25 metros.

Quienes sufren de SDT también van perdiendo los sentidos. El tacto y el olfato son los primeros.

En los ascensores es muy común encontrarse con personas que hace mamografías,  sacan porcentajes de grasa e incluso hacen masaje shiatsu sin que los demás lo noten. Se perdió la sensibilidad o el interés por reclamar el espacio vital.

Y bueno, lo del olfato se huele cuál es su explicación, ¿verdad?

El SDT les decía, es incurable porque ya se arraigo en nuestra cultura tolerante para lo realmente molesto pero intolerante para lo trivial. Así somos.

El respeto es fundamental y uno de los principales momentos para mostrarlo es cuando el escenario se presta para estar demasiado cerca de otro ser humano sin su consentimiento.

Eliminar el SDT requiere de un compromiso personal y de que cada uno ponga su grano de arena y su centímetro de distancia.

Podemos combatirlo, si, y vencerlo con fuerza de voluntad. Tomar y pedir respetuosamente distancia en las filas, alejarnos si es posible,  de los demás en los buses, vagones y articulados. De no ser posible ofrecer excusas y de verdad intentar separamos.

Sé que a veces es físicamente imposible más si las autoridades se empeñan en violar aquella ley que dice que “dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio en la materia”, pero debemos intentarlo, por el bien de nuestra integridad.

Ya no más “tocar y ser tocado”, podemos, créanme, lo he hecho, estar sin “roces secretos”. Es respeto en su nivel más básico, el que necesitamos para ir ganando en lo demás.

El SDT necesita del apoyo de las autoridades para evitar los sobrecupos en eventos, fiestas y transporte. Es de todos y para todos.

Ojo, no se confundan, me encanta tocar y ser tocado… pero cuando pueda (y debo) usar todos mis sentidos, no cuando debo suspirar resignado victima del síndrome de Transmilenio.

Germán Salcedo Cajiao

@germanchos

*Foto: elnuevosiglo.com.co

Originalmente publicada en ConLaOrejaRoja.com en Junio 28 de 2015

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